No podemos seguir viviendo en este lodazal
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No podemos seguir viviendo en este lodazal. Una sociedad que convierte cada diferencia en odio, cada investigación en condena anticipada y cada elección en una guerra existencial pierde su capacidad de pensar, discernir y decidir libremente.
Durante años la política nos ha obligado a escoger entre trincheras. Así se ha formado una sociedad crispada, donde la indignación reemplaza la reflexión. La democracia se erosiona cuando la competencia se debilita, los contrapesos pierden credibilidad y medidas provisionales producen efectos electorales difíciles de reparar.
Las suspensiones de la Revolución Ciudadana y de AMIGO cubren la próxima elección y se sustentaron en investigaciones reservadas. Investigar es indispensable; condenar anticipadamente, inadmisible. ¿Es conveniente que una medida que impide la participación ciudadana se funde en información reservada, sin contradicción plena antes de producir efectos electorales? Una investigación no debería congelar la participación ni sustraer del escrutinio una decisión que atraviesa los comicios.
La suspensión de dos organizaciones opositoras y los procesos contra autoridades locales que podrían competir por la reelección coinciden con la proximidad electoral. Esa coincidencia no demuestra coordinación, pero obliga a examinar la actuación institucional con rigor. El problema trasciende a los afectados: una sociedad polarizada puede normalizar restricciones que debilitan su libertad.
La grieta provocada por el correísmo y el anticorreísmo ha debilitado la capacidad de discernimiento del país. Nos ha convencido de que todo se reduce a estar con los nuestros o contra el distinto. Cuando dejamos de pensar críticamente, el poder encuentra menos límites y el país posterga la discusión sobre el futuro que necesita construir.
Casi medio siglo después del retorno a la democracia persisten desigualdad, empleo precario, inseguridad, debilidad institucional, una economía frágil y limitada capacidad productiva. Gastamos energía en destruirnos mientras la inteligencia artificial y la reorganización geopolítica redefinen oportunidades. Ecuador podría quedar rezagado administrando resentimientos.
Necesitamos otra manera de comprender la política: el Humanismo Democrático. Una visión que coloque la dignidad humana en el centro, defienda la libertad, promueva igualdad de oportunidades y justicia social, imponga límites al poder y nos devuelva el sentido de comunidad. Ningún bienestar será sostenible en medio del miedo, la desigualdad y la violencia.
Salir del lodazal significa pensar antes de odiar, investigar sin condenar, ejercer autoridad sin arbitrariedad, hacer oposición sin destruir y gobernar sin controlar la vida nacional. Recuperemos el discernimiento, exijamos límites al poder y reconozcámonos como comunidad. Ecuador puede y debe levantarse, pero solo lo hará cuando comprendamos que ninguna nación se salva abandonando a la mitad de su pueblo.


