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La transformación que ecuador no ha construido

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En el artículo anterior dejamos planteada una pregunta: ¿qué debe cambiar para que el crecimiento no vuelva a apagarse y comience a transformar el país?

La respuesta exige una decisión: Ecuador debe dejar de gestionar crisis y comenzar a construir capacidades permanentes. Transformar no es aumentar temporalmente el movimiento de la economía, sino generar productividad, empleo formal, empresas sostenibles, movilidad social, seguridad y cohesión territorial.

La recuperación existe, pero sus fundamentos deben examinarse con rigor. Las remesas, que en 2025 superaron los 7.700 millones de dólares, sostienen a miles de familias y dinamizan el consumo, pero también revelan el costo de una economía que expulsó a quienes hoy la financian desde el exterior.

Tampoco puede descartarse la penetración de recursos de origen ilícito en determinados circuitos económicos. El país debe preguntarse en qué medida esos capitales pueden estar influyendo sobre las ventas, los precios y algunas actividades. El dinero ilícito puede producir movimiento económico aparente, pero no representa inversión sana ni desarrollo: distorsiona los mercados, perjudica a las empresas legítimas y debilita las instituciones.

Esta es la diferencia entre una economía de flujos y una economía de capacidades. La primera se mueve mientras recibe remesas, crédito, consumo extraordinario o capitales cuya sostenibilidad y origen deben examinarse. La segunda crece porque produce más y mejor, incorpora conocimiento, genera empleo digno y puede sostener su expansión con recursos legítimos.

Para alcanzar crecimiento con desarrollo, Ecuador debe ampliar su capacidad productiva y orientarla con decisión hacia las exportaciones. No podemos conformarnos con vender principalmente productos primarios y comprar en el exterior buena parte del valor agregado. Debemos fortalecer la agroindustria, incorporar tecnología, transformar nuestras materias primas, elevar los estándares de calidad y desarrollar bienes y servicios capaces de competir por diferenciación y no solamente por precio.

Esta estrategia debe estar respaldada por una marca país potente, coherente y sostenida en el tiempo. Una marca que no se limite a una campaña turística ni cambie con cada gobierno, sino que represente calidad, confianza, origen, sostenibilidad e identidad productiva. Exportar más valor agregado permitirá obtener mejores precios, diversificar mercados, atraer inversión hacia la economía real y generar empleos de mayor calidad.

Pero el desarrollo no puede medirse únicamente mediante cifras o promedios nacionales. El PIB puede crecer mientras provincias, ciudades intermedias, zonas rurales y territorios fronterizos continúan perdiendo empleo, población y oportunidades. Si la inversión, el crédito, la conectividad, la educación y la salud se concentran en pocos centros urbanos, el país puede crecer estadísticamente y, al mismo tiempo, fragmentarse territorialmente.

La equidad territorial no consiste en repartir recursos sin estrategia. Significa reconocer las vocaciones productivas de cada territorio, conectarlas con infraestructura, tecnología, financiamiento y mercados, y articular a pequeños productores y pymes con cadenas nacionales y exportadoras. Los territorios abandonados por la economía formal no permanecen vacíos: allí avanzan la informalidad, las economías ilícitas y el crimen organizado. No todos deben producir lo mismo, pero ninguno debería quedar condenado a la exclusión.

Por eso, seguridad y economía son dos caras de una misma moneda. No puede haber economía sin seguridad, pero tampoco seguridad sostenible sin empleo, producción, educación y oportunidades. Una política que atienda una y descuide la otra terminará fracasando en ambas.

El objetivo nacional debe ser construir una gran clase media: educada, saludable, segura, productiva y capaz de consumir, ahorrar, invertir y emprender. Una clase media amplia no es solamente consecuencia del desarrollo; también es su principal soporte económico, social e institucional.

La pobreza dejará de reproducirse entre generaciones cuando sus hijos accedan a educación de calidad y a una economía capaz de convertir esa preparación en oportunidades. De lo contrario, seguiremos formando jóvenes para que encuentren en otros países el futuro que Ecuador no supo ofrecerles.

También necesitamos más pequeñas y medianas empresas productivas, formales y sostenibles. Emprender por necesidad no es lo mismo que construir empresa. Las pymes requieren seguridad, energía, crédito, tecnología, reglas claras y acceso a mercados. Allí pueden comenzar la movilidad social, la diversificación productiva y el fortalecimiento de la clase media.

Nada de esto será sostenible si el Estado continúa acumulando obligaciones sin construir capacidad futura de pago, o si concede incentivos fiscales sin exigir inversión, empleo y productividad verificables. La transformación productiva también requiere responsabilidad fiscal. Ese será el tema de la próxima entrega.

Ecuador necesita una hoja de ruta que trascienda los periodos gubernamentales. Pensar a largo plazo implica actuar desde el presente. El mundo avanza con inteligencia artificial, automatización, transición energética y una competencia acelerada por capital y talento. No disponemos de tiempo ilimitado.

No se trata de negar la recuperación, sino de impedir que vuelva a apagarse. Ecuador no puede seguir desperdiciando su tiempo en la polarización y el odio mientras el mundo compite por inversión, conocimiento y talento.

Es hora de hacer bien las cosas: acordar un rumbo, construir capacidades y sostenerlo más allá de los gobiernos. La recuperación puede mejorar las cifras del presente; la transformación debe cambiar la vida de las personas y crear futuro en cada territorio. Si no actuamos ahora, seguiremos financiando el presente mientras exportamos a quienes podrían haber transformado el Ecuador.

Carlos X. Rabascall

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